Hay muchos animales en la naturaleza que desarrollan su cuerpo adulto mediante metamorfosis, una reorganización biológica profunda de todo el organismo, como por ejemplo: como las moscas o las ranas. Pero en ningún otro animal como la mariposa, esos cambios son tan sugerentes. En su estado larvario, la mariposa es una oruga que se desplaza lentamente, alimentándose de hojas y tallos tiernos. Tras haberse alimentado suficientemente, se esconde en un lugar protegido para construir un capullo y convertirse en crisálida. De esa crisálida emergerá una mariposa adulta, un insecto volador, ligero y lleno de colorido.
No sólo el hábitat y las necesidades de la mariposa son muy diferentes a los de la oruga, sino que se trata de un animal completamente distinto e una de las transformaciones más hermosas de la naturaleza. Para el hombre, ese cambio es más extremo aún. Las orugas son unos bichos que pueden resultar bastante asquerosos. Extraños, sucios y peludos. Algunas orugas tienen unos sistemas de defensa realmente molestos en forma de fuertes picores al mínimo roce con sus pelos urticantes. Por otro lado, ver revolotear de un lado a otro a una o una docena es un espectáculo digno de presenciarse.
Aún así, la naturaleza indica que tanto oruga como mariposa están unidas más allá de toda duda. En la revista de divulgación científica digital Plosone.org un artículo explica lo siguiente: mientras investigaban la relación de la mariposa con su estado larvario entrenaron a unas orugas en su última fase de larva a huir de un olor concreto mediante una pequeña descarga eléctrica. Cuando nació la mariposa todavía recordaba que debía evitar ese mismo olor, probando así que algún tipo de conocimiento se pasa de la oruga original a la mariposa que será.
